In quella parte del libro de la mia memoria


Los tratados médico-filosóficos de la Edad Media dividen el cerebro en partes, a cada una de las cuales le corresponde una función psíquica. Inspirándose en estas doctrinas, el amigo de Dante Guido Cavalcanti,

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Algunos años mayor que Dante y muerto en el año 1300, Guido Cavalcanti pertenecía a una de las familias más poderosas de Florencia. Los testimonios de los contemporáneos coinciden en el carácter altivo del poeta y en su dominio de la filosofía natural (o sea, el aristotelismo). Boccaccio, en un cuento del Decamerón VI, 9, resume estos rasgos de su personalidad mediante la anécdota del poeta-filósofo solitario y melancólico que se burla del conformismo arrogante de los ignorantes. Su poesía efectivamente incorpora elementos de la reflexión filosófica (como había hecho Guido Guinizzelli y como hará Dante), y su pensamiento se orienta hacia las teorías del aristotelismo radical y heterodoxo, cuyas doctrinas se inspiraban en los comentarios a las obras de Aristóteles del filósofo cordobés Averroes (1126-1198), que predicaba principios muy incompatibles con el cristianismo (como la negación de la supervivencia e inmortalidad del alma individual, la eternidad del mundo y la primacía de las verdades filosóficas sobre las religiosas). Pero el aspecto más característico de su obra lírica es la constante actitud introspectiva: la experiencia del deseo, vinculada con el sentimiento de la muerte, se convierte en un potente instrumento de autoanálisis. Dedicándole la Vida nueva, Dante declara una deuda hacia él que sobre todo en su obra juvenil, pero también en su obra madura, es importante y vistosa. En el cuento de Boccaccio, y particularmente en el gesto del poeta filósofo que saltando por encima de la muerte se libera de la vulgaridad del mundo, se inspiró Italo Calvino para definir la primera de las seis categorías que articulan su ensayo Seis propuestas para el próximo milenio (Lezioni americane, Sei proposte per il millennio):

Decamerón VI, 9
Dovete adunque sapere che né tempi passati furono nella nostra città assai belle e laudevoli usanze, delle quali oggi niuna ve n'è rimasa, mercé dell'avarizia che in quella con le ricchezze è cresciuta, la quale tutte l'ha discacciate. Tra le quali n'era una cotale, che in diversi luoghi per Firenze si ragunavano insieme i gentili uomini delle contrade e facevano lor brigate di certo numero, guardando di mettervi tali che comportar potessono acconciamente le spese, e oggi l'uno, doman l'altro, e così per ordine tutti mettevan tavola, ciascuno il suo dì, a tutta la brigata; e in quella spesse volte onoravano e gentili uomini forestieri, quando ve ne capitavano, e ancora de'cittadini; e similmente si vestivano insieme almeno una volta l'anno, e insieme i dì più notabili cavalcavano per la città, e talora armeggiavano, e massimamente per le feste principali o quando alcuna lieta novella di vittoria o d'altro fosse venuta nella città.
Tra le quali brigate n'era una di messer Betto Brunelleschi, nella quale messer Betto è compagni s'eran molto ingegnati di tirare Guido di messer Cavalcante de'Cavalcanti, e non senza cagione; per ciò che, oltre a quello che egli fu un de'migliori loici che avesse il mondo e ottimo filosofo naturale (delle quali cose poco la brigata curava, sì fu egli leggiadrissimo e costumato e parlante uomo molto, e ogni cosa che far volle e a gentile uom pertenente, seppe meglio che altro uom fare; e con questo era ricchissimo, e a chiedere a lingua sapeva onorare cui nell'animo gli capeva che il valesse.
Ma a messer Betto non era mai potuto venir fatto d'averlo, e credeva egli co'suoi compagni che ciò avvenisse per ciò che Guido alcuna volta speculando molto astratto dagli uomini diveniva. E per ciò che egli alquanto tenea della oppinione degli epicuri, si diceva tra la gente volgare che queste sue speculazioni eran solo in cercare se trovar si potesse che Iddio non fosse.
Ora avvenne un giorno che, essendo Guido partito d'Orto San Michele e venutosene per lo corso degli Adimari infino a San Giovanni, il quale spesse volte era suo cammino, essendo quelle arche grandi di marmo, che oggi sono in Santa Reparata, e molte altre dintorno a San Giovanni, ed egli essendo tra le colonne del porfido che vi sono e quelle arche e la porta di San Giovanni, che serrata era, messer Betto con sua brigata a caval venendo su per la piazza di Santa Reparata, veggendo Guido là tra quelle sepolture, dissero: –Andiamo a dargli briga –; e spronati i cavalli a guisa d'uno assalto sollazzevole gli furono, quasi prima che egli se ne avvedesse, sopra, e cominciarongli a dire:
– Guido tu rifiuti d'esser di nostra brigata; ma ecco, quando tu arai trovato che Iddio non sia, che avrai fatto?
A'quali Guido, da lor veggendosi chiuso, prestamente disse:
– Signori, voi mi potete dire a casa vostra ciò che vi piace– ; e posta la mano sopra una di quelle arche, che grandi erano, sì come colui che leggerissimo era, prese un salto e fussi gittato dall'altra parte, e sviluppatosi da loro se n'andò.
Costoro rimaser tutti guatando l'un l'altro, e cominciarono a dire che egli era uno smemorato e che quello che egli aveva risposto non veniva a dir nulla, con ciò fosse cosa che quivi dove erano non avevano essi a far più che tutti gli altri cittadini, né Guido meno che alcun di loro.
Alli quali messer Betto rivolto disse:
– Gli smemorati siete voi, se voi non l'avete inteso. Egli ci ha detta onestamente in poche parole la maggior villania del mondo; per ciò che, se voi riguardate bene, queste arche sono le case de'morti, per ciò che in esse si pongono e dimorano i morti; le quali egli dice che sono nostra casa, a dimostrarci che noi e gli altri uomini idioti e non litterati siamo, a comparazion di lui e degli altri uomini scienziati, peggio che uomini morti, e per ciò, qui essendo, noi siamo a casa nostra.
Allora ciascuno intese quello che Guido aveva voluto dire e vergognossi né mai più gli diedero briga, e tennero per innanzi messer Betto sottile e intendente cavaliere.

Traducción

Debéis, pues, saber que en tiempos pasados había en nuestra ciudad muchas bellas y encomiables costumbres (de las cuales hoy no ha quedado ninguna por causa de la avaricia que en ella ha crecido con las riquezas, que ha desterrado a todas) entre las cuales había una según la cual en diversos lugares de Florencia se reunían los nobles de los barrios y hacían grupos de cierto número, cuidando de poner en ellos a quienes soportar pudiesen cumplidamente los gastos, y hoy uno mañana otro, y así sucesivamente todos invitaban a comer, cada uno el día que le correspondiese, a todo el grupo; y a la mesa frecuentemente invitaban a nobles forasteros, cuando allí llegaban, o a otros ciudadanos; y también se vestían de la misma manera al menos una vez al año; y juntos los días festivos cabalgaban por la ciudad, y a veces justaban, y máximamente en las fiestas principales o cuando alguna noticia alegre de victoria o de otra cosa hubiera llegado a la ciudad.
Entre las cuales compañías había una de micer Betto Brunelleschi, a la que micer Betto y los compañeros se habían esforzado mucho por atraer a Guido, de micer Cavalcanti de los Cavalcanti, no sin razón, porque además de que era uno de los mejores lógicos que hubiera en su tiempo en el mundo y un óptimo filósofo natural (cosas de las cuales poco cuidaba la compañía) fue tan donoso y cortés y elocuente hombre que todo lo que quería hacer y de un noble era propio, supo hacerlo mejor que nadie; y además de esto era riquísimo y lo más que pueda decir la lengua sabía honrar a quien le parecía que valiese. Pero micer Betto nunca había podido tenerlo y creía él con sus compañeros que ello ocurría porque Guido, en sus especulaciones, muchas veces mucho se abstraía de los hombres; y porque en algunas cosas compartía las opiniones de los epicúreos se decía entre la gente vulgar que estas especulaciones suyas estaban solamente en buscar si podía probar que Dios no existía.
Ahora, sucedió un día que, habiendo salido Guido de Orto San Michele y viniendo por el corso de los Adimari hasta San Giovanni, que muchas veces era su camino, estando allí esos sepulcros grandes de mármol que hoy están en Santa Reparata y otros muchos alrededor de San Giovanni , y estando él entre las columnas de pórfiro que allí hay y aquellas tumbas y la puerta de San Giovanni, que cerrada estaba, micer Betto con su compañía a caballo, viendo a Guido allí entre aquellas sepulturas, dijeron: –Vamos a gastarle una broma.
Y espoleados los caballos, a guisa de un asalto bullicioso estuvieron encima casi antes de que él se diera cuenta, y comenzaron a decirle:
–Guido, tú te niegas a entrar en nuestra compañía; pero di, cuando hayas encontrado que Dios no existe, ¿qué harás?
A quienes Guido, viéndose rodeado por ellos, prestamente dijo: –Señores, en vuestra casa podéis decirme todo lo que os plazca. Y poniendo la mano sobre una de aquellas tumbas, que eran grandes, como agilísimo que era dio un salto y se puso del otro lado y, librándose de ellos, se fue. Ellos se quedaron todos mirándose unos a otros y comenzaron a decir que era un aturdido y que lo que había contestado no quería decir nada, siendo como era que allí donde estaban no tenían ellos nada más que hacer que todos los demás ciudadanos, y no Guido menos que ninguno de ellos.
Micer Betto, volviéndose a ellos, dijo:
–Los aturdidos sois vosotros si no lo habéis entendido: nos ha dicho cortésmente y con pocas palabras la mayor injuria del mundo, porque, si bien lo miráis, estas sepulturas son las casas de los muertos, porque en ellas se los pone y se quedan los muertos; las cuales dice que son nuestra casa, y nos prueba que nosotros y los demás hombres incultos y no letrados somos, en comparación de él y de los otros hombres de ciencia, peor que muertos, y por ello al estar aquí estamos en nuestra casa. Entonces todos entendieron lo que Guido había querido decir, y avergonzándose, nunca más le gastaron bromas; y tuvieron en adelante a micer Betto por sutil y entendido caballero.

Se volessi scegliere un símbolo augurale per l'affacciarsi al nuevo millennio, sceglierei questo: l'agile salto improvviso del popeta-filosofo che si solleva sulla pesntezza del mondo, dimostrando che la sua gravità contiene il segreto della leggerezza, mentre quella che molti credonmo essere la vitalità dei tempi, rumorosa, aggressiva, scalpitante e rombante, appartiene al regno della morte, come un cimitero di automobili arrugginite (Milano, Garzanti, 1988, p. 13).

[Si quisiera elegir un símbolo propicio para asomarnos al nuevo milenio, optaría por éste: el ágil salto repentino del poeta filósofo que se alza sobre la pesadez del mundo, demostrando que su gravedad contiene el secreto de la levedad, mientras que lo que muchos consideran la vitalidad de los tiempos, ruidosa y atronadora, pertenece al reino de la muerte, como un cementerio de automóviles herrumbrosos (Madrid, Siruela, 1988, p. 27).]

En efecto, la meditación sobre la muerte abre camino, en la poesía de Cavalcanti, a la percepción de los movimientos más delicados y frágiles del ánimo (más ligeros, según la propuesta de Calvino) que afloran a la conciencia y a la representación justamente por la ausencia de un marco religioso trascendente que preserve al individuo de la evidencia de su destino de aniquilación. Sentida en su radical precariedad, la existencia deja entrever el sutilísimo entramado de las emociones y los sentimientos, que el deseo agudiza revelando, al mismo tiempo, su caducidad. La conexión entre amor y muerte alcanza, con Cavalcanti, evidencia axiomática y se convierte en uno de los paradigmas de la poesía moderna.

en la canción teórica Donna me prega (v. 15-16), afirma que el amor tiene su lugar propio en la parte del cerebro que le corresponde a la memoria: "in quella parte / dove sta memora / prende suo stato" (el tratado De Amore, de Andreas Capellanus,

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Andreas Capellanus vivió aproximadamente entre 1150 y 1220. No se sabe mucho de su biografía. Fue un eclesiástico francés probablemente activo en la corte de la condesa Maria de Champagne (de su papel de capellán procede probablemente el apellido). Fue autor de un célebre tratado, el De Amore (escrito alrededor de 1185), en el que se indicaban la ética y las reglas de comportamiento del amor cortés, y que tuvo una gran influencia en la poesía provenzal, y luego en la italiana.

en cambio, define el deseo como immoderata cogitatio, I,1). La expresión con la que Dante empieza su obra coincide, así, con la teoría del amigo. Pero añade un elemento que sutilmente anuncia, en el umbral de la obra: su personal aportación a la reflexión sobre la temática del deseo. La metáfora del libro de la memoria, en efecto, es aquí mucho más que un difuso topos literario (sobre cuyo sentido general –"El libro como símbolo"– véase Curtius, Literatura europea y Edad media latina, México, 1955, pág. 422-489, y, en particular, sobre Dante, pág. 457-466), ya que orienta la percepción hacia el tipo de realidad que el texto representa y narra, una realidad compleja que aparece desdoblada en dos niveles: uno mental e interno y otro objetivo y externo. La escritura y la lectura, o sea las dos funciones del libro, son aquí mediaciones reales, y no simbólicas, entre estos dos niveles de la realidad. El libro es la propia experiencia vital del poeta, entendida como aventura personal que la obra deberá reproducir en su singularidad. De esta manera, la metáfora del libro transforma desde un principio el fenómeno psíquico y patológico del amor en un procedimiento interpretativo (de lectura) y expresivo (de escritura) de la experiencia interna, que convierte al sujeto en exégeta de sus propias vivencias. En efecto, si la memoria es libro (el "libro che il preterito rassegna", según Par. XXIII, 54), recordar supone leer en la propia mente del poeta, es decir, seleccionar e interpretar los momentos realmente significativos de la existencia. Los recuerdos se presentan así como palabras que la mente escribe en él y que el sujeto encuentra escritas en ella ("trovo scritte"). Si se considera, además, que entre los recuerdos que la memoria guarda hay también poemas (los que serán copiados y comentados en el texto), el libro de la memoria tiene, junto con el metafórico, también un valor literal. Obsérvese, en este proemio, el gran relieve estratégico del verbo trovare ("si trova", "trovo scritte"), que discretamente alude a la actividad poética de los trovatori, término italiano por trovadores. El mismo título de la obra, por otra parte, remite a las Vidas, que eran las biografías de poetas provenzales que el trovador Uc de Saint Circ compuso en Italia, y en las que la Vida nueva se inspira como en su modelo más próximo. La Commedia también iniciará con el verbo trovare (Inf. I, 1-2): "Nel mezzo del cammin di nostra vita / mi ritrovai per una selva oscura", en la misma fuerte conexión sintagmática con la palabra vita. El cancionero de Ausiàs March

[Contenido complementario]

Així com cell qui en lo somni·s delita
e son delit de foll pensament ve,
ne pren a mi: que·l temps passat me té
l'imaginar, qu'altre bé no hi habita,
sentint estar en aguait ma dolor,
sabent de cert qu'en ses mans he de jaure.
Temps d'avenir en negun bé·m pot caure;
ço qu'és no-res a mi és lo millor.

Del temps passat me trob en gran amor,
amant no-res, puys és ja tot finit.
D'aquest pensar me sojorn e·m delit,
mas quan lo perd, s'esforça ma dolor:
só com aquell qui és jutjat a mort
e de llong temps la sap e s'aconhorta,
e creure·l fan que li serà estorta,
e·l fan morir sens un punt de record.

Plagués a Deu que mon pensar fos mort
e que passàs ma vida en dorment.
Malament viu qui té son pensament
per enemic, fent-li d'enuigs report,
e com lo vol d'algun plaer servir
li'n pren així com dona ab son infant
que, si verí li'n demana plorant,
ha tan poc seny que no·l sap contradir.

Fóra millor ma dolor soferir
que no mesclar pocha part de plaer
entre aquells mals qui·m giten de saber;
com del pensat plaer me cové eixir,
las!, mon delit dolor se converteix,
dobla's l'afany aprés d'un poc repós:
sí co·l malalt que per un plasent mos
tot son menjar en dolor se nodreix;

com l'ermità qui enyorament no·l creix
d'aquells amics que havia en lo mon,
essent llong temps que en lloc poblat no fon,
fortüit cas un d'ells li apareix
qui los passats plaers li renovella,
sí que·l passat present li fa tornar,
mas com se'n part, l'és forçat congoixar.
Lo bé com fuig ab grans crits mal apella.

Plena de seny, quan amor ésmolt vella,
absença es lo verme que la gasta,
si fermetat durament no contrasta
e creure poc si l'envejós consella.

Ausiàs March, Obra poética, I

Traducción

Como aquel que en el sueño se deleita
con un loco placer imaginado,
así estoy yo, porque el pasado apresa
mi mente, y no hay lugar para otros bienes,
sabiendo que el dolor está al acecho
y que sin duda yaceré en sus manos.
Del porvenir no espero bien alguno;
es mejor para mi lo que no es nada.

Amo con desmesura lo pasado,
que es no amar nada, porque ya se ha ido;
con este pensamiento me deleito,
pero sin él aumenta mi dolor,
como le ocurre al condenado a muerte
que lo sabe hace tiempo y se conforta,
y, haciéndole creer en el indulto,
lo llevan a morir sin un recuerdo.

¡Si Dios quisiese que mi pensamiento
muriese y mi vivir pasase en sueños!
Mal vive aquel que el pensamiento tiene
por enemigo que su mal le aviva,
y cuando le concede algún placer,
hace como la madre que, si el hijo
le pide entre sollozos un veneno,
es tan loca que no sabe negárselo.

Mejor sería soportar mi pena
que mezclar un contento tan pequeño
con aquellos tormentos que me impiden
salir de este placer imaginando.
Ay, mi alegría se convierte en pena
y aumenta mi dolor tras el reposo:
como enfermo que ansía un buen bocado
y alimenta tan sólo su dolor.

O como el ermitaño, que hace tiempo
que no sabe del mundo y que no añora
a los viejos amigos, pero un día
uno de ellos acude por azar
renueva los placeres más remotos,
y convierte en presente su pasado;
cuando se va, lo deja en su angustia:
el bien que huye llama al mal a gritos.

Toda cordura, cuando amor es viejo,
la ausencia es el gusano que lo roe,
a no ser que se oponga la firmeza
y no se preste oído al envidioso.

Traducción de José María Micó: Ausiàs March, Páginas del cancionero, Valencia, Pre-textos, 2004.

también empieza localizando la tensión de deseo en el recuerdo del pasado, que obsesiona al poeta con la memoria de antiguos placeres que incrementan la angustia del dolor presente. Enteramente destinado a desarrollar el tema de la memoria y el deseo, y profundamente inspirado en la Vida nueva, es el cuento de Edgar Allan Poe Ligeia.

Obsérvese cómo las primeras palabras ("Juro por mi alma que no puedo recordar cómo, cuándo ni siquiera dónde conocí a Ligeia") transcriben, parodiando, los sintagmas iniciales de la Vida nueva.