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Estudios tematológicos. Ética del deseo y culto a la mujer en la Vita nuova.

Autoría: Raffaele Pinto

La estética de los sentidos superiores. Página 2


Pero el aspecto programático de este paradigma, y la consiguiente indeducibilidad de esta estética de la fisiología de la mente humana, se apreciará mejor aún en las reflexiones que Leopardi iba desarrollando en el Zibaldone, en las páginas escritas durante 1821, en su búsqueda de efectos auténticamente poéticos entre los estímulos que la realidad envía a la sensibilidad:

1. Con respecto a las sensaciones que agradan sólo por su aspecto indefinido, puede verse mi idilio sobre 'El infinito', y evocar la idea de una campiña en declive muy pronunciado de modo que desde cierta distancia la vista no llegue hasta el valle; y la de una hilera de árboles cuyo fin no se alcance a ver, ya sea por la longitud de la hilera, o porque esté en un declive, etc., etc. Un edificio, una torre, etc. vista de manera que parezca erguirse por sí sola sobre el horizonte, sin que éste se vea, produce un contraste muy efectivo y sublime entre lo finito y lo indefinido, etc., etc., etc.
2. Es agradabilísima y sentimentalísima la misma luz vista en las ciudades, donde es interrumpida por las sombras, donde la oscuridad contrasta en muchos lugares con la claridad, donde la luz en muchas partes disminuye poco a poco, como en los techos, donde algunos lugares apartados esconden la vista del astro luminoso, etc., etc. Contribuyen a producir este placer la variedad, la incertidumbre, el hecho de no ver todo, y el hecho de poder espaciarse, por esto, con la imaginación, sobre lo que no se ve. Lo mismo vale de los efectos similares que producen los árboles, los setos, las parras, las masías, los pajares, las desigualdades del suelo, etc., en las campañas.
3. Lo que he dicho en otro lugar sobre los efectos de la luz o de los objetos visibles, respecto a la idea de lo infinito, se debe aplicar igualmente al sonido, al canto y a todo aquello que pertenece al oído. Es agradable por sí mismo, o sea, por ninguna otra razón que no sea una idea vaga e indefinida que despierta un canto (aunque malo) oído de lejos o que parezca lejano sin serlo, o que se vaya alejando poco a poco... cualquier sonido confuso, sobre todo si esto se debe a la lejanía; un canto oído de manera que no se vea el lugar de donde sale... A estas consideraciones pertenece el placer que puede dar y da (cuando no es vencido por el miedo) el estruendo del trueno...; el soplar [stormire] del viento, sobre todo cuando resuena [freme] confusamente en una selva, o entre los diferentes objetos de una campaña... Porque además de la vastedad, la incertidumbre y confusión del sonido, no se ve el objeto que lo produce, ya que el trueno y el viento no se ven.
4. El alma se imagina lo que no ve, lo que aquel árbol, aquel seto, aquella torre le esconde, y va vagando en un espacio imaginario y se figura cosas que no podría (figurarse) si su vista se extendiera por doquier, porque lo real excluiría lo imaginario.

Giacomo Leopardi (1821). Zibaldone.

Y obsérvese, por otro lado, de qué manera actúa la estética de los sentidos superiores en las páginas dedicadas, en el mismo año, a la psicología de los niños, reconstruida a partir de su propia experiencia personal:

5. Yo... de niño tenía esta costumbre. Viendo partir a una persona, aunque me fuera por completo indiferente, me preguntaba si era posible o probable que yo volviera a verla alguna vez. Si la respuesta era no, giraba a su alrededor mirándola y escuchándola, y trataba de seguirla con los ojos y con los oídos, mientras revolvía entre mí mismo, y profundizaba en mi ánimo y desarrollaba en mi mente este pensamiento: esta es la última vez, no la veré nunca más, o quizás nunca más. De la misma manera, la muerte de alguien que conociera, y de quien no me había importado nada en vida, me daba cierta pena, no tanto por él, o porque me interesara por él después de su muerte, sino por esta consideración que me daba vueltas y vueltas en la mente: se ha marchado para siempre, ¿para siempre? Sí: todo se ha acabado respecto a él: nunca más volveré a verle: y ninguna cosa suya tendrá ya nada común con mi vida. Y trataba de recordar, si podía, la última vez que lo había visto o escuchado... y me pesaba que entonces no hubiera sabido que aquello era la última vez, y no hubiera actuado según este pensamiento.

Giacomo Leopardi (1821). Zibaldone.

La estética de los sentidos superiores se generaliza en el pensamiento europeo durante el Renacimiento, en polémica con el rigorismo de inspiración ascética que desde la Antigüedad condenaba la sensibilidad a una función sólo biológica, y por lo tanto ajena a todo tipo de actividad cultural. Giordano Bruno pone en contacto la divinidad con los sentidos superiores ("gli sensi più acuti e penetrativi"), por un proceso continuo de comunicación espiritual y contemplativa:

Todos los amores (si son heroicos y no puramente animales...) tienen como objeto a la divinidad, tienden a la divina belleza, la cual primeramente se comunica a las almas y resplandece en ellas; y después desde ellas, o, mejor dicho, por medio de ellas, se comunica luego a los cuerpos; por la cual cosa el afecto bien dispuesto ama los cuerpos o la belleza corporal en tanto que es indicio de la belleza espiritual. Más aún, lo que del cuerpo nos enamora es cierta espiritualidad que vemos en él, la cual se llama belleza; y no consiste en las dimensiones mayores o menores ni en determinados colores y formas, sino en cierta armonía y consonancia de las partes y los colores. Esta consonancia muestra a los sentidos más agudos y penetrantes cierta sensible afinidad con el espíritu.

Giordano Bruno. De gli eroici furori (I, iii).

Pietro Bembo también distingue entre amor bueno y amor malvado, en relación con el tipo de sensibilidad que el objeto placentero moviliza:

Si el amor bueno es deseo de belleza, y si a la belleza nos llevan solamente, dentro de nuestra sensibilidad, el ojo y el oído y el pensamiento, todo aquello que los amantes buscan con otros sentidos (aparte de aquello que es necesario para sustentar la vida) no es amor bueno sino malvado; y por esta parte no serás amante de belleza, sino de cosas sucias.

Pietro Bembo. Asolani (III, 6).

Obsérvese aquí, como antes en Bruno, la indicación del pensamiento como actividad psíquica activada, junto con la vista y el oído, por la percepción estética. El marco neoplatónico de la estética renacentista exige que el objeto bello presente un nivel de abstracción conceptual suficiente como para vislumbrar en él un contenido perfectamente idealizado. Geometría de la visión y armonía de la audición son compatibles con esta exigencia de abstracción, en tanto que ambas pueden reducirse a medidas numéricas; no lo es, en cambio, la ruda materialidad de los otros tres sentidos, refractarios a cualquier principio de orden cuantitativo.

La misma idea aparece en Lorenzo de Medici:

Según los platónicos, tres son las especies de la verdadera belleza, digna de alabanza: o sea la belleza de ánimo, de cuerpo y de voz. La del alma sólo puede conocerla y desearla la mente; la del cuerpo sólo deleita los ojos; la de la voz los oídos. Los deleites de los otros sentidos son repudiados como vulgares e inconvenientes por el ánimo noble.

Lorenzo de Medici. Comento de miei sonetti (8, 1).

Significativa es aquí la alusión a los platónicos, como autores de la teoría de los sentidos superiores. En efecto, para todos la fuente principal es Marsilio Ficino, que en el Libro dell'amore por primera vez axiomatiza, en relación con el deseo sexual, la primacía de la mente, la vista y el oído:

El amor busca el goce de la belleza como su propio fin. Ésta sólo pertenece a la mente, al ver y al oír. Así que el amor en estas tres cosas tiene sus términos. En cambio, el apetito que sigue los otros sentidos no se llama amor, sino más bien libídine o rabia.

Marsilio Ficino. Libro dell'amore (IV, 1).

De las seis potencias del alma, tres pertenecen al cuerpo y a la materia, como son el tacto, el gusto y el olfato, y tres pertenecen al espíritu, o sea, la razón, la vista y el oído. Por este motivo las tres que se inclinan hacia el cuerpo son más compatibles con el cuerpo que con el ánimo, y las cosas aprehendidas por ellas, por el hecho de estimular las funciones fisiológicas correspondientes, casi no llegan hasta al alma, y poco le agradan a ésta, siendo diferentes de ella. Pero las otras tres funciones, que están alejadísimas de la materia, son mucho más compatibles con el alma, y aprehenden las cosas que poco estimulan el cuerpo, y mucho, en cambio, el alma. En efecto, los olores, los sabores, el calor y las cualidades parecidas son de mucha utilidad o de mucho daño para el cuerpo; pero estimulan poco la admiración y el juicio del alma; y poco son deseados por ella. En cambio la razón de la incorpórea verdad, los colores, las figuras, las voces, mueven poco o nada el cuerpo, y estimulan el alma a investigar, raptando para sí su deseo.

Marsilio Ficino. Libro dell'amore (V, 2).

Marsilio Ficino se inspira en el discurso de El banquete para identificar el deseo de la belleza con el deseo del conocimiento. Y efectivamente la distinción de espíritu y materia refleja la dialéctica dualística de Platón. Pero su planteamiento contiene un elemento radicalmente innovador que marcará profundamente la evolución de la estética moderna: la línea de demarcación que separa los dos ámbitos atraviesa el cuerpo humano contraponiendo una parte de su sensibilidad (vista y oído, que son equiparados a la racionalidad) a la otra (gusto, tacto y olfato que son excluidos del deseo, y por lo tanto de la estética). En Platón, en cambio, la sensibilidad se opone a la racionalidad en su conjunto, y no solamente en algunas funciones. La vista y el oído no son menos engañosos que los otros sentidos. El acceso a la verdad se da por vía exclusivamente intelectual, por obra de los filósofos, los únicos capaces de desatarse de las cadenas de los sentidos. Más allá de Platón, la teología estética de Ficino se alimenta de fuentes muy variadas. La

poesía italiana
de los siglos XIII-XIV, por ejemplo, que ha convertido el deseo sexual en experiencia metafísica que, sublimando a la mujer, ha depurado y ennoblecido las pasiones del alma; y sobre todo la ética de Tomás de Aquino, que en su programa de racionalización aristotélica de la teología, en el marco de una antropología integrada que concibe el ser humano como un conjunto orgánico de funciones jerárquicamente ordenadas, desde la sensibilidad a la racionalidad, entiende los sentidos superiores, vista y oído, como sentidos espirituales, o sea compatibles con la abstracción intelectual, y, más aún, necesarios en al camino que la mente lleva a cabo desde el fantasma de la percepcón sensible hasta la pura abstracción de las ideas:

El sentido es una cierta potencia pasiva sometida por naturaleza a la alteración proveniente de los objetos sensibles exteriores. Por lo tanto, lo que por su naturaleza percibe el sentido es el objeto exterior que lo altera, y según la diversidad de objetos, se distinguen las potencias sensitivas.
Hay un doble tipo de alteración: una física y otra espiritual. La alteración física se da cuando la forma de lo que es causa de la alteración es recibida en el objeto alterado según su propio ser natural. Ejemplo: el calor en lo calentado. La alteración espiritual se da cuando la forma de lo que provoca la alteración es recibida en el objeto alterado según su ser espiritual. Ejemplo: la forma del color en la pupila, la cual, no por ello queda coloreada...
En algunos sentidos sólo se da la alteración espiritual, como en la vista. En otros, junto a la alteración espiritual se da también la física, bien sólo por parte del objeto, bien por parte del órgano. Por parte del objeto se da la transmutación física, por cambio local, en el sonido, que es el objeto del oído, pues el sonido es causado por una percusión y vibración del aire. En cambio, en el olor, objeto del olfato, hay alteración, ya que es necesaria cierta modificación del cuerpo por la acción del calor para que huela. Por parte del órgano hay alteración física en el tacto y en el gusto, pues la mano se calienta por contacto con lo caliente, y la lengua se impregna de la humedad de los sabores.

Tomás de Aquino. Suma teológica (I, 78, 3).

Y véase también el comentario a De Anima, de Aristóteles (418):

Es evidente que la vista es el más espiritual de todos los sentidos, y después el oído. Por ser estos dos sentidos extraordinariamente espirituales, y los únicos que puedan ser educados, nos servimos, en temas de orden intelectual, de las cosas que entran en su ámbito, y sobre todo de las que pertenecen a la vista.

La antropología personalista de Tomás tiene su fundamento en la superación de la dicotomía antigua entre espíritu y materia. Y esta superación es posible gracias al común contenido espiritual que Tomás ve por un lado en la racionalidad, y por el otro en los sentidos superiores. Es este contenido lo que le permite soldar en unidad hermenéutica la persona y el sujeto (anteriormente opuestos en tanto que cuerpo, o máscara, la primera, y sustancia intelectual el segundo), que pueden, a partir de ahora, concebirse como punto de vista privilegiado frente al mundo, perspectiva ética y estética que ordena la realidad a partir de sus propias leyes, universales, desde luego, en tanto que procedentes de una naturaleza aristotélicamente legitimada en su ser y dinamismo, pero al mismo tiempo singulares en tanto que operativas sólo a partir del hic et nunc de una persona existencialmente determinada. La perspectiva, que desde finales del siglo XIII empieza a transformar la visión del mundo centrándola en la mirada de un observador concreto, situado en un punto preciso del espacio (como la cámara según Pasolini), sería impensable sin esta revolución de la mentalidad que el aristotelismo latino, en la potente síntesis de Tomás de Aquino, lleva a cabo.

Ficino recoge el legado estético de Tomás y además vincula (como ya había hecho en el terreno literario la poesía italiana) esta nueva antropología del sujeto al deseo y a la tensión transformadora que el deseo representa en la economía de la existencia, acentuando, por otro lado, la distinción entre sentidos educables (los superiores) y sentidos no educables (los inferiores), la cual cosa abre una nueva brecha en la unidad del sujeto, amputando, en su experiencia estética, todo lo que no sea reducible a forma ordenada (geometría y armonía), brecha que las diferentes vanguardias de los siglos sucesivos denunciarán como antinatural e intentarán recoser.

Pero la unidad esencial del sujeto humano sigue siendo, a pesar de todo, el horizonte utópico de la modernidad, que las nuevas tecnologías parecen más traducir en un nuevo orden de habilidades tecnológicas, que negar en sus presupuestos éticos. La amputación del cuerpo en las relaciones a distancia sin duda representa un factor de potente espiritualización, que además se refleja en la generalizada urbanidad de lenguaje de los bloggers (chocante si se la compara con el turpiloquio que caracteriza las relaciones juveniles vis a vis). En una perspectiva histórica amplia, que intente pronosticar escenarios futuros más allá de la estricta contingencia, podría augurarse una educación "espiritualizante" (gracias a Internet y a la distancia tecnológica que la Red crea entre las personas), en un marco secularizado y laico, que rescate estéticamente la totalidad de la persona (y de la sociedad), educándola en todas las facetas de su ser, y depurando el deseo de las escorias materiales que aún lo contaminan: los resentimientos y la violencia (física y moral) que infectan su energía vital y creadora.

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Texto de la Vita nuova

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