almeno la loro sentenzia


Entendiendo las palabras como recuerdos, esta reserva hay que entenderla como promesa de consignar en el texto el significado (la sentenzia) de todos los eventos cuyo recuerdo la memoria conserva, incluidos aquellos que no serán explícitamente narrados en el libello. Pero la reserva evidencia también el fundamental carácter hermenéutico del texto, que narra una historia que no tiene ninguna autonomía novelesca, y que desde un principio se presenta como interpretación de poemas previamente seleccionados. El acto de transcribir, del "libro de la memoria" al libello, es también control exegético sobre el significado de los poemas ya escritos, de los cuales se consigna por lo menos el sentido (la sentenzia), si no el texto, en una sustancial coincidencia de invención literaria y crítica de la literatura. Una genial parodia del "libro de la memoria" se encuentra en los cap. XXIII-XXVI del Quijote, que narran la imitación de la locura de amor que el protagonista decide llevar a cabo después de encontrar el "librillo de memoria" de Cardenio,

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Y buscando más, halló un librillo de memoria ricamente guarnecido. Este le pidió Don Quijote, mandóle que guardase el dinero y lo tomase para él. Besóle las manos Sancho por la merced, y desvalijando a la valija de su lencería la puso en el costal de la dispensa. Todo lo cual, visto por Don Quijote, dijo: Paréceme, Sancho (y no es posible que sea otra cosa), que algún caminante descaminado debió de pasar por esta sierra, y salteándole malandrines le debieron de matar, y le trujeron a enterrar en esta tan escondida parte. No puede ser eso, respondió Sancho, porque si fueran ladrones no se dejaran aquí este dinero. Verdad dices, dijo Don Quijote, y así no adivino ni doy en lo que esto pueda ser; mas espérate, veremos si en este librito de memoria hay alguna cosa escrita por donde podamos rastrear y venir en conocimiento de lo que deseamos. Abrióle, y lo primero que halló en él escrito como en borrador, aunque de muy buena letra, fue un soneto, que leyendo alto, porque Sancho también lo oyese, vio que decía de esta manera:

O le falta al amor conocimiento,
o le sobra crueldad, o no es mi pena
igual a la ocasión que me condena
al género más duro de tormento.

Pero si amor es dios, es argumento,
que nada ignora, y es razón muy buena
que un dios no sea cruel; pues ¿quién ordena
el terrible dolor que adoro y siento?

Si digo que sois vos, Fili, no acierto,
que tanto mal en tanto bien no cabe,
ni me viene del cielo esta ruina.

Presto habré de morir, que es lo más cierto
que al mal de quien la causa no sabe,
milagro es acertar la medicina.

Por esa trova, dijo Sancho, no se puede saber nada, si ya no es que por ese hilo que está ahí se saque el ovillo de todo. ¿Qué hilo está aquí? dijo Don Quijote. Paréceme, dijo Sancho, que vuestra merced nombró ahí hilo. No dije hilo sino Fili, respondió Don Quijote, y este sin duda es el nombre de la dama de quien se queja el autor de este soneto, y a fe que debe ser razonable poeta, o yo sé poco del arte. ¿Luego también, dijo Sancho, se le entiende a vuestra merced de trovas? Y más de lo que tú piensas, respondió Don Quijote; y veráslo cuando lleves una carta escrita en verso de arriba a abajo a mi señora Dulcinea del Toboso, porque quiero que sepas, Sancho, que todos o los más caballeros andantes de la edad pasada eran grandes trovadores y grandes músicos, que estas dos habilidades, o gracias por mejor decir, son anejas a los enamorados andantes; verdad es que las coplas de los pasados caballeros tienen más de espíritu que de primor".

Don Quijote de la Mancha, parte I, cap. XXIII

, que contiene poemas y prosas de amor, y que don Quijote usará para escribir su carta a Dulcinea. El acto de recuperar las palabras escritas en el libro, o sea recordar, tiene una cómica paráfrasis en las tentativas de Sancho de recitar de memoria al cura y al barbero la carta del amo.

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Cuando Sancho vio que no hallaba el libro, fuésele parando mortal el rostro, y tornándose a tentar todo el cuerpo muy apriesa, tornó a echar de ver que no le hallaba, y sin más ni más se echó entrambos puños a las barbas y se arrancó la mitad dellas, y luego apriesa y sin cesar, se dio media docena de puñadas en el rostro y en las narices, que se las baño todas en sangre. Visto lo cual por el cura y el barbero, le dijeron qué le había sucedido, que tan mal se paraba. Qué me ha de suceder, respondió Sancho, sino el haber perdido de una mano a otra, en un instante, tres pollinos, que cada uno era como un castillo. ¿Cómo es eso? replicó el barbero. He perdido el libro de memoria, respondió Sancho, donde venía la carta para Dulcinea; y una cédula firmada de mi señor, por la cual mandaba que su sobrina me diese tres pollinos de cuatro o cinco que estaban en casa, y con esto les contó la pérdida del rucio. Consolóle el cura, y díjole que en hallando a su señor él le haría revalidar la manda, y que tornase a hacer la libranza en papel, como era uso y costumbre, porque las que se hacían en libros de memoria jamás se aceptaban ni cumplían.

Con esto se consoló Sancho, y dijo que como aquello fuese así, que no le daba mucha pena la pérdida de la carta de Dulcinea, porque él sabía casi de memoria, de la cual se podría trasladar donde y cuando quisiesen. Decidla, Sancho, pues, dijo el barbero, que después la trasladaremos. Paróse Sancho Panza a rascar la cabeza para traer a la memoria la carta, y ya se ponía sobre una pie y ya sobre otro; unas veces miraba al suelo, otras al cielo, y al cabo de haberse roído la mitad de la yema de un dedo, teniendo suspensos a los que esperaban que ya la dijese, dijo al cabo de grandísimo rato: por Dios, señor licenciado, que los diablos lleven la cosa que de la carta se me acuerda, aunque en el principio decía: Alla y sobajada señora. No dirá, dijo el barbero, sobajada, sino sobrehumana, o soberana señora. Así es, dijo Sancho: luego, si mal no me acuerdo, proseguía, el llagado y falto de sueño, y el ferido besa a vuestra merced las manos, ingrata y muy desconocida hermosa; y no sé que decía de salud y de enfermedad que le enviaba, y por aquí iba escurriendo, hasta que acababa en: Vuestro hasta la muerte, el caballero de la Triste Figura.

Don Quijote de la Mancha, parte I, cap. XXVI

Cervantes parece insinuar que la Vida nueva representa el arquetipo de las locuras de amor que cuenta la literatura.