mi salutoe


El saludo (con sus derivados, sobre todo "la salud") es uno de los términos clave de la obra (aquí mismo Beatriz es la donna de la salute, y en el cap. XVIII el saludo de ella es el fin del amor del poeta). Como ya en Guinizzelli (cfr. Io voglio del ver, 9-10,

[Contenido complementario]

Io voglio del ver la mia donna laudare
ed asembrarli la rosa e lo giglio:
più che stella diana splende e pare,
e ciò ch'è lassù bello a lei somiglio.

Verde river' a lei rasembro e l'âre,
tutti color di fior', giano e vermiglio,
oro ed azzurro e ricche gioi per dare:
medesmo Amor per lei rafina meglio.

Passa per via adorna, e sì gentile
ch'abassa orgoglio a cui dona salute,
e fa 'l de nostra fé se non la crede;

e no·lle pò apressare om che sia vile;
ancor ve dirò c'ha maggior vertute:
null'om pò mal pensar fin che la vede.

[Alabar de verdad a mi señora
quiero, igualándola al lirio o la rosa:
más resplandece que Venus y brilla
y la asemejo a lo bello del cielo.

Es como un verde prado, un aire fresco,
coloreada flor, roja o amarilla,
oro o piedra preciosa, joya fina:
Amor se perfecciona, junto a ella.

Es tan hermoso verla saludar
que incluso el más soberbio se arrodilla,
y a nuestra fe convierte el descreído;

acercarse no puede a ella un vil;
y aún tiene otra virtud más milagrosa:
no puede pensar mal el que la mira.]

y Cavalcanti (cfr. Veggio negli occhi, 12-),

[Contenido complementario]

Veggio negli occhi de la donna mia
un lume pien di spiriti d'amore,
che porta uno piacer novo nel core,
sì che vi desta d'allegrezza vita.

Cosa m'aven, quand' i' le son presente,
ch'i' non la posso a lo 'ntelletto dire:
veder mi par de la sua labbia uscire
una sì bella donna, che la mente
comprender no la può, che 'mmantenente
ne nasce un'altra di bellezza nova,
da la qual par ch'una stella si mova
e dica: –La salute tua è apparita– .

Là dove questa bella donna appare
s'ode una voce che le vèn davanti
e par che d'umiltà il su' nome canti
sì dolcemente, che, s'i' 'l vo' contare,
sento che 'l su' valor mi fa tremare;
e movonsi nell'anima sospiri
che dicon: –Guarda; se tu coste' miri,
vedra' la sua vertù nel ciel salita–.

Guido Cavalcanti, Rime, Veggio negli occhi de la donna mia

[En los ojos de mi señora veo
una lumbre de espíritus de amor
que trae al corazón un placer nuevo,
tal que despierta la alegría y la vida.

Lo que me ocurre, cuando estoy con ella,
no puede mi intelecto comprenderlo:
ver me parece salir de su rostro,
una mujer tan guapa que la mente
no consigue entenderla, ya que nace
otra de aquella, de belleza nueva,
y parece que de ella estrella mueva
que diga: "Mira aquí tu salvación".

Allá donde aparece esta mujer
se oye una voz que va delante de ella
y parece cantar su humilde nombre
tan dulcemente que, si yo quisiera
contarlo, tiemblo a su inmenso valor;
y suspiros se mueven desde el alma
que dicen: "Mira; si en ella te fijas,
verás que su virtud subió al cielo.]

el gesto se convierte en símbolo de la felicidad que el amante espera de la mujer, del reconocimiento y aceptación por parte de ella de su deseo. Más en general, y con matices que varían según los contextos, en su campo semántico confluyen el gesto que testimonia la amistad, la felicidad que el amante espera, la salud que el enfermo de amor necesita, y la salvación moral e intelectual que Beatriz representa para Dante en la dimensión religiosa. Con el determinante que sigue (molto virtuosamente) Dante quiere dara entender que el saludo, o sea el amor de Beatriz, tiene el poder de transformar radicalmente su persona. Se trata de un tema que sigue actual en la literatura moderna. Lo retoma por ejemplo (genialmente) Pedro Salinas.

[Contenido complementario]

¿En dónde está la salvación? ¿Lo sabes?
¿Vuela, corre, descansa, es árbol, nube?
¿Se la coge a puñados, como el mar,
o cae sobre nosotros en el sueño
sin despertar ya más. Igual que muerte?
¿Nos salvaremos?
Suelta, escapada va,
sin que se sepa dónde, si pisando
los cielos que miramos,
o bajo el techo que es la tierra nuestra,
inasequible, incierta, eterna,
jugando con nosotros
a será o no será.
Mas lo que sí sabemos es que todo,
las manos, y las bocas y las almas,
ávidas y afiladas,
persiguiéndola están, siempre al acecho
de su paso en la alta madrugada,
por si cruzase por las soledades
o por el beso con que se las quiebra.
Que unas alas
invisibles golpean
las paredes del día y de la noche,
animadas, cerniéndose,
volando a ras de tierra, y son las alas
del gran afán de salvación constante
de cuyo no cesar se está viviendo:
el ansia de salvarme, de salvarte,
de salvarnos los dos, ilusionados
de estar salvando al mismo que nos salva.
Y que aunque su hecho mismo se nos niegue
–el arribo a las costas celestiales,
paraíso sin lugar, isla sin mapa,
donde viven felices los salvados–,
nos llenará la vida
este puro volar sin hora quieta,
este vivir buscándola:
y es ya la salvación querer salvarnos.

Pedro Salinas, Razón de Amor. Poesía, 3