Tancar
menuImatgesuperior
Index
dantePerfil

Estudios tematológicos. Ética del deseo y culto a la mujer en la Vita nuova.

Autoría: Raffaele Pinto

Modernidad y matriarcado




"Príapo pesa su miembro viril". Fresco a la entrada de la Casa del Vetti, Pompeya.

El culto priápico, del cual quedan elocuentes muestras en los restos de la antigua ciudad romana de Pompeya, supone una valoración ideológica y moral del órgano sexual masculino que sería impensable en nuestra cultura, y puede servir, por ello, como pretexto para una reflexión sobre el género masculino y los cambios que el simbolismo de sus atributos de género ha sufrido a lo largo de la historia de Occidente. En la entrada de uno de los edificios pompeyanos mejor conservados (la Casa dei Vetti), un fresco que representa a Príapo asocia al falo la riqueza (una bolsa de dinero) y el bienestar procedente de la fecundidad (frutos de la tierra).

La celebración iconográfica de la potencia sexual masculina vigila el acceso a la casa y la protege de los malos espíritus, en ausencia del correspondiente órgano femenino y en el supuesto de que el valor fecundante y enriquecedor del pene es independiente de su inmediata función anatómica y biológica. Esta relación simbólica tan clara y directa entre sexualidad masculina y patrimonio tiene cierto fundamento jurídico e ideológico en la función que desempeñaba en la Antigüedad la figura del

pater familias
(expresión cuyo significado sería reflejado muy poco por una traducción literal del tipo "padre de familia"): como representante del estado en una estructura socialmente amplia y económicamente compleja (la familia, entendida como red gentilicia y centro productor de bienes y servicios), el pater tenía un poder casi absoluto sobre la mujer y los hijos, y la función paterna, o sea, la capacidad reproductora, por un lado garantizaba la continuidad del patrimonio (para heredar, el hombre debía tener a su vez hijos), y por el otro era requisito para la plena integración en la
sociedad política.

El culto priápico, por lo tanto, y la conciencia sexual y genérica que en este culto se manifiesta, se desplegaban en un ámbito mucho más público-institucional que privado-personal; los atributos sexuales masculinos eran, en su representación iconográfica y en su contenido simbólico, el signo visible y el amuleto religioso del principio de organización económica y política de la sociedad antigua (los talismanes en forma de cuernos tan frecuentes en Italia indican la pervivencia, en un ámbito que es obviamente sólo supersticioso y no religioso, del antiguo culto al dios de la fecundidad).

Por otra parte, la idea de estado y la vida social de la Antigüedad legitimaban el ejercicio de la violencia mucho más que las nuestras, tanto en la dimensión pública como en la privada. El más extendido modelo ideal de organización social, que en la Edad Media llaman "status [...] in

ordine triplex
", y cuya presencia G. Dumezil ha observado en las sociedades indoeuropeas antiguas, otorgaba a los guerreros (bellatores) la
función políticamente principal
, por encima de los sacerdotes (oratores) y los trabajadores (laboratores). Se puede afirmar, así, que a lo largo de la Antigüedad, incluyendo en ella el feudalismo europeo, el poder, en todos los ámbitos de la sociedad, iba estrechamente vinculado a la potencia sexual y a la fuerza física. Tal vez sea la figura del legionario romano, que era al mismo tiempo guerrero, padre y campesino (y por lo tanto reunía subjetivamente las tres funciones que la ideología tripartida indoeuropea asignaba a los tres órdenes) la que represente, al nivel de máxima difusión social, el desarrollo más complejo y culturalmente significativo del modelo patriarcal.

Referencia bibliográfica

Sobre la "idología tripartida" podéis consultar la obra siguiente:

Georges Dumézil (1958). L'idéologie tripartite des Indo-Européens. Bruselas.

El balance de los trabajos dedicados por Dumézil a este tema se encuentra en los volúmenes: Mythe et épopée (vol. I, II, III). París, 1968, 1971, 1973.

Lectura sugerida

Para un análisis del androcentrismo político-ideológico en el pensamiento de Aristóteles (cumbre y síntesis de la filosofía antigua del estado), podéis consultar:

Amparo Moreno Sardà (1991). "La realidad imaginaria de las divisiones sociales: una aproximación no-androcéntrica". En Mujeres y sociedad. Nuevos enfoques teóricos y metodológicos (pág. 87-99). Barcelona: PPU.

Sobre la promoción social que representó, para el proletariado romano de la edad republicana, el reclutamiento masivo de legionarios, podéis consultar:

Emilio Gabba (1990). "La società romana fra IV e III secolo". En: Storia di Roma. 2 - L'impero mediterraneo. I - La repubblica imperiale (pág. 7-17). Turín: Einaudi.


Es evidente que, en este sentido estrictamente jurídico y económico, el patriarcado ya no existe en nuestra sociedad. La potencia sexual y la fuerza física no tienen ninguna función ni en el plano de los derechos políticos o patrimoniales ni en el plano moral o religioso, y los

atributos sexuales masculinos
, por lo tanto, no pueden representar ningún símbolo de poder y prestigio. Las reivindicaciónes positivas de tales atributos, y su uso simbólico más o menos disfrazado, que justamente son tachados de machismo, son fósiles de una cultura patriarcal antigua superada ya por la evolución histórica de la sociedad occidental, por muy presentes que sigan en el imaginario individual y colectivo. El mismo falocentrismo de la teoría psicoanálitica podría ser nada más que el reflejo de una adaptación psíquica incompleta del hombre occidental a los nuevos modelos culturales. Es posible, desde luego, que el agotamiento del patriarcado no sea irreversible y que haya riesgos de involución. Pero lo que aquí quiero subrayar es que una vuelta al patriarcado significaría destruir los fundamentos de la modernidad, la cual va desarrollándose, en sus instituciones y su moralidad, justamente a costa del falocentrismo jurídico-económico y de sus reflejos ideales y simbólicos.

En la perspectiva de una historia sexual de la cultura, habría que preguntarse si en los varones puede darse, fuera del patriarcado, una conciencia genérica de sí mismos, o sea, una conciencia sexual masculina, comparable, en creatividad cultural y complejidad ideológica, con la conciencia genérico-sexual que las mujeres han ido adquiriendo durante los últimos siglos y, muy masivamente, en las últimas décadas. Para dar una respuesta creo que es preciso identificar los principios más generales y constitutivos de la sociedad moderna, en aquellos mismos terrenos en los que los atributos sexuales masculinos determinaban simbólicamente las formas sociales del patriarcado: la familia y el estado. Hay que fijarse, antes que nada, en los elementos de continuidad entre la civilización antigua y la moderna. Aunque se haya reducido abrumadoramente la extensión del grupo familiar (pasándose de la estructura gentilicia a la estructura nuclear) y se haya transformado de centro productor en centro de consumo, la familia sigue siendo la célula de la sociedad; y aunque se haya eliminado la fuerza física de toda actividad social legítima (ni siquiera las guerras necesitan, ahora, su empleo), la violencia, como lucha moral por el éxito o por la felicidad, sigue siendo regla de vida. Más claras resultan así las diferencias entre los dos sistemas: si la familia antigua se basaba en una sexualidad destinada a la reproducción, o sea, fecunda, la moderna se basa en una sexualidad no destinada a la reproducción, estéril. Y si la lucha por la supervivencia individual y colectiva se basaba en una violencia de tipo físico (la de los padres y los guerreros), hoy esta lucha se basa en una

violencia de tipo moral
(control de las pasiones propias y ajenas). En los dos campos (el privado y el público) la modernidad se presenta como un poderoso y generalizado proceso de introversión subjetiva de los
valores moralmente significativos
, que destruye toda posibilidad de identificación positiva con los atributos sexuales masculinos, cuya proyección anatómica hacia lo exterior sólo puede ser simbólicamente funcional en el marco de una cultura basada en la objetivación externa y pública de los valores (como es la cultura patriarcal antigua).

La sexualidad experimentada en la imaginación como deseo, independiente de la procreación y el instinto, no puede concentrarse en la genitalidad, y ni siquiera puede agotarse en la superficie anatómica del cuerpo; por el hecho de superar, mediante la imaginación, el mero impulso, la sexualidad debe expandirse hacia dentro, afectando a los centros interiores de la vida moral. Y la interioridad, para los hombres, es mucho más abstracción y espiritualidad que emotividad y afectividad (como fácilmente se observa en las figuras antiguas del filósofo y el asceta, ambos empeñados en reprimir y negar la función sexual). Por este mismo motivo, la transformación de la violencia física en violencia moral es experimentada por ellos como represión de impulsos naturalmente orientados hacia fuera y no como liberación de impulsos orientados hacia dentro. Si las determinaciones genéricas de los hombres, es decir, los atributos sexuales masculinos, están anatómica y simbólicamente proyectados hacia fuera (la mujer como instrumento de procreación o placer, los hijos, el patrimonio), sólo en el patriarcado y en su cultura orientada hacia la objetivación social es posible una conciencia genérica masculina no residual e idealmente creativa. La modernidad, en tanto que cultura del sujeto individual que desde su interioridad le otorga sentido al mundo, la mortifica en el plano ideal (como machismo) y la niega en el plano institucional.

Técnicas de erección prolongadas

Las técnicas de erección prolongada del miembro (a la búsqueda de mayor placer, sobre todo para la mujer) parece reflejar, en los hombres, la angustia que produce la marginación de la genitalidad en el erotismo, y la tentativa de compensarla con rendimientos orgásmicos más elevados (lo cual convierte la sexualidad en uno de los principales campos de cultivo de ansiedad y frustración).

Ideal anestésico de interioridad

El ideal anestésico de interioridad masculina (que puede orientarse hacia la especulación del filósofo o hacia el misticismo del asceta) tiene su más ejemplar formulación en San Agustín, cuya exploración introspectiva se alimenta de una severa autodisciplina en el control de las pasiones, lo que implica la imposibilidad de sentirse dentro como cuerpo, y por lo tanto como género sexual. Su apología de la virginidad, y su programa de depuración sexual de la personalidad masculina, han eliminado, o sustancialmente reducido, la percepción del cuerpo en la interioridad de los hombres de Occidente (sobre este asunto, podéis consultar el estudio de Peter Brown El cuerpo y la sociedad. Los cristianos y la renuncia sexual (Barcelona, Muchnik, 1993). La mujer, en cambio, se identifica a sí misma en tanto que género sexual por medio de una percepción interna, como emoción y cuerpo, muy poco castigada por el ascetismo antiguo, y por lo tanto muy potente. Justamente, el papel reproductor con el que se la esclavizaba impedía el desarrollo de una moral de tipo anestésico y de una conciencia de sí basada en el desgarramiento entre la identidad genérica y sexual y la identidad abstracta y universal.

Pero hay otra pregunta a la cual creo que debo ahora contestar. Si es cierto lo que acabo de sugerir, que modernidad y patriarcado son conceptos incompatibles, ¿cómo se presenta, en el plano genérico, la modernidad? ¿Puedo hablar de una modernidad matriarcal y femenina, aunque sea en sentido potencial o tendencial, así como hablo de una Antigüedad patriarcal y masculina? Los conceptos que he venido barajando hasta ahora sugieren una respuesta afirmativa: si a la sexualidad se le quita la finalidad reproductora, si se la interioriza como deseo, el papel dominante pasa inmediatamente del hombre a la mujer, cuyo cuerpo se transforma (dentro de la familia) de instrumento de reproducción en sujeto de placer, lo cual supone que la frigidez sustituye a la esterilidad en tanto que causa de fracaso matrimonial.

Noción simbólica de género

No entro aquí en la cuestión de si es posible una conciencia genérica masculina no determinada por los atributos sexuales, según la sugestiva hipótesis de Robert Stoller en Sex and Gender (traducción francesa, de 1978, Recherches sur l'identité sexuelle, pág. 60-70, París). Una noción de género sólo simbólica, que no tuviera fundamento anatómico, favorecería, indudablemente, los fenómenos de transexualismo, convirtiendo el género sexual en un elemento más en la construcción, voluntaria y libre, de la personalidad (se escogería el sexo como se escoge la profesión), pero sería poco explicativa en el plano histórico.

Cambio de funciones

El fenómeno que mejor ilustra este cambio sustancial de funciones es la maternidad vivida como autónoma elección de las mujeres, muchas veces independiente de la voluntad masculina, y relacionada con la vida profesional de ella. El hijo (o los hijos), que antes formaba parte de la objetivación masculina en el mundo, de la perpetuación por medio del apellido, ahora es medio de realización personal de la mujer, y completa el libre desarrollo de su identidad.

Por otro lado, la sexualidad masculina sufre un cambio paralelo e inverso: mientras en el sistema patriarcal el hombre "compra" placer fuera de la familia (siendo ésta destinada simplemente a la reproducción del nombre y el patrimonio), en el sistema matriarcal el

hombre "produce" placer dentro de la familia
(siendo el adulterio la más grave de las infracciones a la ley moral que fundamenta el vínculo matrimonial). La igualdad sexual entre hombre y mujer (el igual derecho de ambos a la felicidad), mientras para la mujer constituye la liberación de su destino biológico y una experiencia necesaria para su emancipación individual, para el hombre representa la pérdida psicológica de un poder sobre el placer sexual antaño considerado como natural. Podríamos hablar de "catástrofe" sexual masculina, en el sentido de la castración simbólica que la supresión de la función reproductora y la consiguiente moderna centralidad (familiar) del deseo representan, catástrofe que se manifiesta o en disfunciones e impotencias de tipo específicamente sexual, o en una generalizada y polimorfa pérdida de autoestima. Por otra parte, la eliminación de la fuerza física y la interiorización de la violencia, no sólo liberan en la mujer la posibilidad de participar en los conflictos de la vida social, sino que plantean, a largo plazo, la hipótesis de una reestructuración de estos conflictos de acuerdo con los rasgos más característicos de la mentalidad femenina, o sea, una conflictividad que promueva, en lugar de inhibir, la tolerancia y el "cuidado" (se trataría de una competencia en el amor y no en el odio, que podrá llegar a producirse y extenderse sólo cuando las mujeres hayan ocupado masivamente las funciones sociales de poder y mando). Hay que considerar, sin embargo, que, en el plano genéricamente masculino, las nociones de "competencia" y "cuidado" son antagónicas, y en la medida en que la mentalidad femenina se va afirmando en la gestión de la cosa pública, los hombres tienen la posibilidad de integrarse con éxito en ella sólo renunciando a cualquier tipo de autoafirmación genérica.

Todo apunta, por lo tanto, hacia una progresiva residualización, en la sociedad matriarcal moderna, de la conciencia genérica masculina (análoga e inversa a la residualidad genérica femenina en la sociedad patriarcal antigua). Y son, desde luego, los terrenos de la pareja y de las instituciones los que van delatando más claramente las pautas de este proceso. Pero yo querría, aquí, enfocar el problema situándome en una perspectiva más interna a la conciencia individual y genérica de la que ofrecen al análisis la familia y el estado, y fijaré mi atención en la historia de una idea muy presente en la cultura lingüística de todo el mundo, pero poco productiva, hasta hace muy poco, en la investigación científica: la idea de lengua materna, la cual, remitiendo a comportamientos expresivos que hay que suponer peculiarmente femeninos, nos brinda la posibilidad de traducir en términos de lenguaje las distinciones conceptuales anteriormente desarrolladas. Reformularé, así, la pregunta que hacía anteriormente de esta manera: ¿antigüedad y modernidad implican también formas distintas de expresarse, masculina y paterna la primera, femenina y materna la segunda?


 

Texto de la Vita nuova

Texto de la Vita nuova

imatgeFooter