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Estudios tematológicos. Ética del deseo y culto a la mujer en la Vita nuova.

Autoría: Raffaele Pinto
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El triángulo del deseo. Página 2


Principio del placer (que trata el con como objeto de deseo) y principio de la realidad (que trata el con como patrimonio que hay que guardar y rentabilizar), afloran en la expresión poética como las instancias opuestas de una dialéctica potencialmente trágica, en el momento mismo en que el sexo femenino se instala en el corazón de la subjetividad. En efecto, el carácter inevitablemente adulterino de la fin'amor representa una triangulación que es intrínseca al deseo, porque su objeto (el con) se hace simbólicamente pertinente, en el horizonte del sujeto deseante, exclusivamente por el hecho de serle prohibido su goce en virtud del derecho patriarcal de propiedad. Pero el joi que el trovador desea con todas sus fuerzas consiste, más allá del símbolo, justamente en la usurpación de este derecho. En esta perspectiva simbólico-sexual, la tesis de Erich Kölher sobre el origen feudal de la poesía de los trovadores debería ser revisada para evidenciar el contenido profundamente antidogmático y socialmente subversivo de la fin'amor, puesto que el culto a la mujer por medio del deseo, lejos de idealizar el ansia de integración del amante (y del grupo social que en él se refleja) en un sistema de poder del cual se le ha excluido, libera el hombre de la red de obligaciones que lo someten al sistema de relaciones masculinas y feudales. En otras palabras, la fidelidad moral al objeto femenino de deseo supone necesariamente la ruptura de los vínculos de fidelidad que configuran el orden patriarcal (como aparece, de manera ejemplar, en los personajes de Tristán y Lancelot, desgarrados por el coflicto interior entre la fidelidad antigua al señor feudal y la fidelidad moderna a la mujer deseada).

Justamente a esta triangulación adulterina parece que aluda Pedro Abelardo cuando distingue con nitidez el deseo directamente orientado hacia una mujer (pulsional y por lo tanto éticamente irrelevante) del deseo oblicuamente orientado hacia la violación de los derechos maritales (que es éticamente perverso):

Sepe eciam contingit, ut, cum velimus concumbere cum ea, quam scimus coniugatam, specie illius illecti, nequaquam tamen adulterari cum ea vellemus, quam esse coniugata nollemus. Multi e contrario sunt qui uxores potentum ad gloriam suam eo magis appetunt, quia talium uxores sunt, quam si essent innupte, et magis adulterari quam fornicari appetunt, hoc est magis quam minus excedere.

[Sucede también a menudo que, deseando acostarnos con una mujer que sabemos casada, seducidos por su belleza, no queremos sin embargo de ninguna manera cometer adulterio con ella, que querríamos que no estuviera casada. Muchos en cambio desean, por vanagloria, a las esposas de los poderosos, justamente porque son sus esposas, mucho más que si estuvieran solteras, y desean más cometer adulterio que fornicar, o sea, pecar en lo más grave en lugar de lo menos grave.]

P. Abelardo. Ética (Scito te ipsum) (I, 10, pág. 5-7).

Referencia bibliográfica

Cito, de Pedro Abelardo, Opera theologica, IV, Scito te ipsum. R. M. Ilgner (ed.). Abelardo declara su frecuentación activa de los textos líricos en su autobiografía (Historia calamitatum):

Quem etiam ita negligentem et tepidum lectio tunc habebat, ut iam nichil ex ingenio sed ex usu cuncta proferrem, nec iam nisi recitator pristinorum essem inventorum, et si qua invenire liceret, carmina essent amatoria, non philosophie secreta; quorum etiam carminum pleraque adhuc in multis, sicut et ipse nosti, frequentantur et decantantur regionibus, ab his maxime quos vita similis oblectat.

[Tan descuidado y perezoso me tornaba en la clase que todo lo hacía por rutina, sin esfuerzo alguno por mi parte. Me había reducido a mero repetidor de mi pensamiento anterior. Y si por casualidad lograba hacer algunos versos, eran de tipo amoroso, no secretos filosóficos. Buena parte de esos poemas –como sabes– los siguen cantando y repitiendo todavía en muchos lugares, esos a quienes este tipo de vida les gusta.]

La dislocación abelardiana de la culpa (que se traslada del acto en sí a la intención con la cual se cumple), por una parte libera la sexualidad (la fornicatio) de los antiguos prejuicios morales, en tanto que considerada un estímulo natural de la sensibilidad, por el otro pone en evidencia el perverso contenido ideológico del deseo, en el cual el impulso sexual es instrumentalmente finalizado a la usurpación del derecho patriarcal de propiedad. Aunque inspirada por criterios éticos muy distintos, la reflexión del filósofo está perfectamente sintonizada con la posición de los trovadores, de cuya ideología él pone en evidencia la intención socialmente subversiva. Obsérvese en estos versos de Peire Vidal, cuán lúcidamente se orienta hacia la violación de los derechos maritales el deseo sexual del trovador:

Quar de bona razitz
es bos arbres issitz,
e·l frugz es cars e bos
e dous e saboros;
et ieu torn amoros
vas domnas e chauzitz
tan qu'enuei'als maritz,
de cui sui plus temsutz
que fuecs ni fers agutz
quar don me vuelh m'en pren,
c'us no las mi defen.

[Porque de una buena raíz ha salido un buen árbol y el fruto es precioso y bueno y dulce y gustoso, y yo vuelvo a las mujeres lleno de amor y apreciado, tanto que a los maridos no les hace ninguna gracia, y me temen más que el fuego y la espada, porque tomo donde quiero y nadie me lo prohibe.]

Peire Vidal (1960). Poesie (vol. I, pág. 126 [XIV]). Arco S. Avalle (ed.). Milán; Nápoles.

Referencia bibliográfica

Podéis consultar, en particular, I, 13, 1-2:

Quod si obicias, ut quibusdam videtur, delectacionem carnis in concubitu quoque legittimo peccato imputari [...] magis nos auctoritate quam racione videntur constringere, ut ipsam scilicet carnis delectacionem peccatum fateamur

[Si se objeta que, como muchos creen, el placer carnal constituye un pecado también en la unión legítima [...] parece que más por un argumento de autoridad que por un argumento de razón estamos obligados a reconocer como pecaminoso en sí mismo el placer carnal.]

Referencia bibliográfica

La vida del trovador recoje este aspecto de su poesía presentándolo como fanfarronada severamente castigada por un marido celoso:

Fo aquels que plus rics sons fetz e majors fulias dis d'armas e d'amor e de mal dir d'autrui. E fo vers c'us cavaliers de San Zili li tailla la lenga, per so qu'el donava ad entendre qu'el era drutz de sa muiller.

[Fue quien hizo más ricas melodías y dijo las mayores locuras de armas y de amor y en decir mal de los otros. Y es cierto que un caballero de San Gille le cortó la lengua porque daba a entender que era amante de su esposa]

Martín de Riquer (1975). Los trovadores (II, pág. 869). Barcelona: Planeta.


Pero el aspecto que ahora quiero subrayar del adulterio es la función y el significado que en su interior tiene la mujer. Parece, en efecto, que el deseo tenga una estructura triangular y un significado subversivo sólo cuando por lo menos uno de sus vértices es una mujer, porque ella contiene dentro de sí el símbolo del poder que el patriarcado ejerce, y además porque su sexualidad puede bifurcarse anatómicamente entre una finalidad femenino-reproductora (la vagina) y una finalidad masculino-eyaculatoria (el clítoris). Marido y amante serían las dos figuras que resultan de tal dicotomía: gozar de la mujer como objeto pasivo de propiedad impide gozarla como sujeto activo de placer, y viceversa. Esta bifurcación es sin duda el efecto de un sistema social que concibe como antagónicos el principio del placer y el principio de la realidad, y que puede llegar, en casos extremos y atroces, a la mutilación de las partes del sexo femenino no directamente afectadas por la función reproductora (hay que suponer que la mujer, "naturalmente", tienda a unificar todos los

aspectos de su sexualidad
).

El cuerpo femenino como depositario del honor

El cuerpo femenino como depositario del honor, y por lo tanto de la identidad y de la vida misma del hombre, es trágicamente desarrollado en el teatro del siglo XVII. Véase, por ejemplo, El médico de su honra de Calderón de la Barca:

A peligro estáis, honor; / no hay hora en vos que no sea / crítica; en vuestro sepúlcro / vivís: puesto que os alienta / la mujer; en ella estáis / pisando siempre la güesa (II, v. 638-643).

Al respecto, también (y, sobre todo), Shakespeare, en particular en Otello:

... Had it pleas'd heaven / to try me with affliction; had they rain'd / all kinds of sores and shames on my bare head; / steep'd me in poverty to the very lips; / given to captivity me and my utmost hopes; / I should have found in some place of my soul / a drop of patience: but, alas, to make me / the fixed figure of the time, for scorn / to point his slow and moving finger at! / Yet could I bear that too; well, very well: / but there, where I have garner'd up my heart; / were either I must live, or bear no life, / the fountain from the wich my current runs, / or else dries up; to be discarded thence! / Or keep it is a cistern for foul toads / to knot and gender in! turn thy complexion there, / patience, thou young and rose-lipp'd cherubin, ay, there, look grim as hell! (IV, II).

[Aun cuando pluguiera al cielo ponerme a prueba del dolor; aun cuando hubiera hecho llover sobre mi cabeza desnuda toda clase de males y de vergüenza; aun cuando me hubiera sumergido en la miseria hasta los labios; aun cuando me redujese a la cautividad con mis últimas esperanzas, aún habría podido encontrar en un rincón de mi alma una gota de paciencia. Pero, ¡hay! ¡Hacer de mí la imagen fija que el escarnio del mundo señalará con su dedo lento y móvil!... ¡Oh! ¡Oh! Sin embargo, todavía aguantara esto; bien, muy bien. ¡Pero ser arrojado del santuario en que deposité mi corazón, del santuario donde tengo que vivir, o renunciar a la vida; del manantial hacia donde se desliza mi corriente para no secarse! ¡Ser arrojado de él o conservado como una cisterna para que sucios sapos se enlacen y engendren dentro! ¡Paciencia, tú, joven querubín de labios de rosa, cambiar de complexión! ¡Cambia, sí, y adquiere una fisonomía siniestra como el infierno!].


Pero, justamente por este motivo, el hecho de plantear esta dicotomía como alternativa estética y moral frente a la cual el hombre debe tomar partido, ocupando, frente a la misma mujer, una y sólo una de las dos posiciones, la del marido o la del amante, representa una violenta ruptura cultural, un cambio potencial de civilización, ya que tal dicotomía pone en tela de juicio la identidad ontológica masculina, escindiendo su personalidad patriarcal en dos opuestas funciones, de las cuales sólo la primera, la de marido, reproduce el orden tradicional. El nuevo fantasma femenino penetra en la mentalidad patriarcal y socava, a la larga, sus fundamentos, aquel principio masculino de poder dentro del cual la mujer ocupaba una

posición cultural y psicológicamente subordinada
(la tragedia de Sófocles, en efecto, plantea un problema de rivalidad entre padre e hijo que afecta mucho más al terreno del poder, que no al del deseo). El modelo homosexual de deseo característico de la sociedad griega-romana, en particular el de más prestigio, o sea el masculino, por la identidad sexual del sujeto y el objeto de deseo, y por el hecho de faltar en él una finalidad reproductora que determine la relación de propiedad, excluye la triangulación edípica del deseo y el conflicto moral que ella produce desgarrando la subjetividad. Más aún, es el mismo sistema educativo (la paideia) el que contempla la
relación sexual maestro-discípulo
como elemento positivo de aprendizaje intelectual y formación moral (para Freud, en cambio, la homosexualidad es una perversión). Por esto el amor platónico, o sea el reconocimiento de la existencia de un objeto trascendente detrás y por encima del cuerpo sexualmente deseado, y diferente de él, sólo es teorizable en el marco de la
homosexualidad masculina
. Lo que Freud consideró como el modelo normal de sexualidad, y que tiene en el complejo de Edipo su estructura arquetípica, sería, así, la forma de sexualidad dominante en la cultura moderna, y característica propiamente de ella. A esto, y no a atra cosa, se debería la frecuencia con la cual el
deseo triangular
se presenta en el arte moderno y contemporáneo a partir de los trovadores. El mismo Freud, por otro lado, considera la homosexualidad y las otras perversiones fases arcaicas del desarrollo psíquico de la sociedad y del individuo (que proporcionan, oportunamente reorientadas, la energía necesaria al desarrollo civil de la humanidad, y que vuelven a aflorar en situaciones patológicamente regresivas):

Es preciso hablar sin indignación ninguna de aquello a lo que damos el nombre de perversiones sexuales, o sea, de las extralimitaciones de la función sexual en cuanto a la región somática y al objeto sexual. Ya la variabilidad de los límites asignados a la vida sexual considerada normal en las distintas razas y épocas debía bastar para enfriar nuestro celo. No debemos olvidar que la más extraña de estas perversiones, la homosexualidad masculina, fue tolerada e incluso encargada de importantes funciones sociales en un pueblo de civilización tan superior como el griego. Cada uno de nosotros traspasa a veces en su propia vida sexual las limitadas fronteras de lo considerado como normal. Las perversiones no constituyen una bestialidad ni una degeneración en el sentido emocional de la palabra; son el desarrollo de gérmenes contenidos en la disposición sexual indiferenciada del niño y cuya represión u orientación hacia fines sexuales más elevados –sublimación– está destinada a producir buena parte de nuestros rendimientos culturales. Así pues, cuando alguien ha llegado a ser grosera y manifiestamente perverso, será más exacto decir que ha permanecido tal y representa un estadio de una inhibición del desarrollo. Los psiconeuróticos son todos ellos personas de inclinaciones perversas enérgicamente desarrolladas, pero reprimidas en el curso del desarrollo y relegadas a lo inconsciente.

S. Freud. Análisis fragmentario de una histeria. En Obras Completas (vol. 3, pág. 960). Madrid: Biblioteca Nueva.

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Texto de la Vita nuova

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